Como cada año por estas fechas, estoy de regreso de Tepoztlán, donde trabajé como tutor en una residencia de escritura en castellano dentro del programa Under The Volcano. Me tocó revisar los proyectos en marcha de siete escritoras y escritores; nos fue muy bien y el grupo se integró de manera inusualmente buena. De hecho, un par de veces hizo falta continuar la sesión luego del tiempo asignado (terminábamos en un café) para redondear comentarios y discutir detalles de sus proyectos.
En una de estas reuniones inesperadas, ocurrió algo muy interesante. Como uno de los proyectos tiene que ver con las ideas de masculinidad en la literatura, les conté la historia negra de Arthur Rimbaud, gran poeta de occidente, sí, pero también el modelo del «rebelde» tóxico que incontables escritores hombres han querido parecer. Luego hablamos de ciencia ficción, estructura narrativa…, y de algún modo llegamos al proceso creativo. Varios en el grupo describieron sus problemas y frustraciones a la hora de escribir. Los reconocí todos… y pensé que debía decirles algo al respecto.
Reconocí esas dificultades no porque sean las mías también (en buena medida lo han sido siempre) sino porque son las de todo el mundo. Si tenemos ese deseo invencible de crear, y se puede satisfacer mediante la escritura, tarde o temprano sentiremos tensión y angustia; nos parecerá que nada bueno se nos puede ocurrir, que nada de lo que llegamos escribir es suficiente, que nada de lo que llega a término ha quedado bien y somos lo peor de lo peor. Es normal. Es parte del proceso, complicado como todos los que implican a la mente humana, de la escritura.
Sin embargo, como no nacemos sabiéndolo, siempre nos dará la impresión de que nuestra experiencia es individual, menos generalizada de lo que realmente es. Pasa lo mismo cuando se es adolescente, se experimenta el amor por primera vez y da la impresión de que nunca antes ha existido. Esa tarde en Tepoztlán se lo dije al grupo, agregué que alguien debía decírselos y seguí con otra idea: lo que uno hace al enseñar escritura creativa es acompañar el proceso de descubrimiento de quienes vienen luego, de quienes seguirán escribiendo luego de que uno ya no esté, a medida que cada persona vive su propia versión de la misma historia: del descubrimiento del lenguaje y de lo que el lenguaje puede hacer para hablarle a quienes están vivos.
La escritura siempre empieza hoy, para quien está escribiendo hoy.
Después, ya a solas, me di cuenta de que mis alumnas y alumnos estaban en la misma posición en la que yo había estado, treinta años antes, cuando tomaba clases con el poeta David Huerta, en un seminario anual de literatura que me cambió la vida en los años noventa. David fue, además de gran escritor, un gran maestro, y cientos o miles de personas lo lloramos a su muerte en 2022. ¿Mi posición ahora, en 2026, era la misma que la de David? Esa idea me dio vértigo. David y yo no enseñamos igual, no escribimos lo mismo, no recorrimos la misma trayectoria en la vida ni en la literatura. No puedo ni quiero compararme con él.
Pero, por supuesto, lo que nos une es el relevo. Nada más. La constancia, muy sencilla y humilde, de algo en lo que participamos y que nos sobrepasa.
Otro día, en una charla con las escritoras Sheree Renée Thomas y Ayşegül Savaş, dije algo más: que lo que enseñamos es siempre una serie de verdades provisionales, de señales a lo largo de un camino que no termina con nuestra propia experiencia. Cada persona reinterpreta lo que aprende con base en lo que vive; elige lo que realmente le sirve y, si lo desea, lo vuelve a expresar a su manera, para quien llegue tras ella.
Creo que también es cierto y que está bien.